Que tu novia se vaya lejos durante un mes nunca es algo que guste, sin embargo, diré que al menos esta vez me ha dejado un pedazo de ella que ayuda mucho más de lo que parece.
Su nombre es Korra, y es una pequeña rata doméstica. No es mucho más grande que mi mano, y eso contando con su larga cola, un cacho de carne alargada que le sale del trasero.
Durante estos dias de soledad, en lo que a relacion amorosa se refiere y solo físicamente, Korra es una buena compañera de aventuras, algo así como Jake el perro para Finn el humano.
En estas mañanas tan soleadas, es bonito despertarse y verla en la mesilla que tengo junto a la cama, a veces está dormida, otras correteando por la jaula, e incluso a veces la encuentro bostezando con su pequeña boca.
Me gusta sacarla de esa jaula azul que parece tan incómoda. Le abro la puerta y dejo que corra libremente por mi cama, en la que disfruta usando ataque rápido de un lado a otro, colandose por mi ropa para explorar yo que se que y por supuesto, escarvando por la ropa que suele estar tirada sobre la cama, culpa de ser desordenado.
Y aunque corretear puede ser una de sus actividades preferidas, su gran pasión es la comida.
Su dieta se basa en un pienso que tiene una pinta nada apetecible, asique cada noche cojó alguna cosilla que tenga por la cocina (eso si, comprobando que pueda comerla sin peligro ya que hay alimentos que pueden producirle enfermedades o llevarla a la muerte, y la bonita Jendejavú me haría ir detrás de la rata entre terribles sufrimientos) y se la subó. Antes de que traspase la puerta, la pequeña Korra asomá su pequeña nariz para intentar adivinar con que la voy a sorprender.
No se si será por sus baños a media tarde, sus saltos por la jaula, sus momentos de exploración o lo mona que se pone cuando bosteza, pero es un bicho realmente maravilloso.
Eso sí, solo es provisional. Los dos sabemos que somos amo y mascota de manera falsa, y que a finales de mes acabará. Hasta entonces, disfrutaré de toda ella.
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